8 noviembre 2017 : Beata Isabel de la Trinidad
Isabel de la Trinidad (1880-1906) entró en 1901 en el Carmelo de Dijón, donde profesó dos años después. Víctima desde 1905 de una enfermedad incurable, afronta con heroísmo los sufrimientos de la misma. Sus escritos traslucen una espiritualidad inspirada en la Trinidad.
Otoño´17 : De versos
Murcia, miércoles, las doce menos cuarto, en mi taller de Balart. Cielo más limpio no puede haber, que es decir azul como una Virgen de Murillo. Habría otros pintores que pintaran vírgenes, mas para mí ninguno como él. Y ello porque de joven escribí una Poesía a una amiga que se llamaba Pura, y le decía que “era tan pura como la Virgen de Murillo; como la Virgen misma, y como el mismo Cielo: oh, tremenda locura, que en todo tu pureza se adivina”.
¿A dónde irían a parar aquellos versos juveniles? Y ¿qué amaba yo más: los versos que le endilgaba o la persona a la que iban destinados? Luego se perdían y aparecían más tarde entre las hojas de un libro de bachillerato. Si te contara… En una ocasión saludé a una vieja conocida y me recitó versos míos de hacía cincuenta años. “¿Cómo te acuerdas?”, le dije riendo. Me contestó que “la mujer guarda los versos que han nacido para ella”.
¿Serían así los versos que escribieron poetas renombrados de la literatura universal? ¿Serían ciertos sus sentimientos o se preocupaban solo de las rimas, las medidas, los acentos y las sonoridades métricas? Pero ¿se puede escribir un poema amoroso sin sentir lo que se dice? Me vienen a la mente aquellos versos de Quevedo: “¿Siempre se ha de sentir lo que se dice, ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”. No sé si me explico, o si tú me comprendes.
A otra compañera que tuve en un pueblo le compuse un Acróstico que decía: “Antes de que yo te viera, -Muchísimos años antes, -Incluso yo pienso que antes, –Emi, de que yo naciera; -Mas, ¿qué digo?, antes que fuera –Idea divina crear –La tierra, el cielo y el mar, -Igual que te quiero hoy día –Te quería, te quería, -Así mi amor es sin par. Leyendo las iniciales de los versos daba su nombre con un adjetivo posesivo revelador. ¿Buscaba yo entonces una “Décima” perfecta o volcaba en mis versos unos sentimientos sinceros de aquel momento?
A otra amiga, Aurora, le escribí una vez: “¿Has visto, Aurora, cuando hace el día, -Qué hermosa es la fugaz aurora? –Todo se viste de color de rosa, -se inunda de alegría, etc., etc. Y terminaba: “-Pues si es así esa aurora –Que marcha de seguida, -¿Qué hermosa no serás tú, Aurosa, -que no dejas de ser Aurora –Noche ni día?”.
O a mi mujer luego: Pedirle al Cielo quisiera, -Aun sabiendo cuánto pido, -su más refulgente estrella –Con promesa de su cuido; -Una flor la más bonita –A los campos abrileños… Y otras.
Un amigo, conociendo mis aficiones, me pidió que le escribiera una Poesía para su novia. Hoy me causa risa pero es cierto. Y como su nombre y apellidos sumaban catorce letras, le hice un Soneto Acróstico para que no tuviera dudas de que era para ella. “Así es la vida, así Dios la querría, -Como una interminable cremallera, -Antes, por tanto, de que yo naciera, -Raudo el destino a ti me conducía, etc. Su nombre era Carmen.
Lo cual me lleva a pensar, a mis ochenta y cuatro años, que los sentimientos están ahí, con nosotros y tienen vida propia y se manifiestan, pero aparte tenemos una razón que debe gobernarlos. Y pobre de quien los deja gobernar, sin la razón.
Francisco Tomás Ortuño
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