3 noviembre 2017 : 307 – 58 San Martín de Porres, Viernes_
Otoño´17 : Cosas de España
Murcia, las cinco menos cuarto, en mi escritorio. Cielo gris de lluvia pero sin agua.
-Ahora sí, Tolentino, este “finde” coinciden los sabios del tiempo en que tendremos lluvias abubdantes en todas las regiones. En Murcia también.
-Pues aquí esperamos el maná del cielo, Marcelino.
-¿Y Puigdemont?, ¿dejó de ser noticia?, ¿lo dejan en paz?
-Eso quisiera él; dice que la Justicia de España no puede inculpar al Presidente de otra Nación, como es Cataluña; y, por tanto, que se equivocan de puerta.
-¿Y tanto ruido para acabar así? ¿Qué va a pensar el pueblo llano si Puigdemont se va de rositas y risitas por los bares de Bruselas? ¿Qué pensarían otros que ya están entre rejas como Junquera y Conselleres?
-Eso no se lo cree ni él mismo, pero lo intenta para ganar tiempo. Sabe que se ha dado orden de busca y captura internacional de su persona como prófugo peligroso. El que mal anda, mal acaba. Yo le tenía lástima, pero lo justo es lo justo. Si hizo daño a la Nación, debe pagar su falta.
-Desde que el mundo es mundo, Marcelino, el hombre ha dado leyes para que se cumplan, por el bien de todos. Unas formas de Gobierno se han cambiado por otras por fallos evidentes debidos a causas diversas. Y por fin, en España, con cuarenta años de Democracia y una Constitución aceptada por el pueblo, no puede venir Puigdemont a decir que él puede hacer lo que quiera. ¿Se la salta a la torera? Que lo pague y punto.
Yo, como persona, le tuve lástima, pero veo que no se puede hacer lo que él quería. No era justo y a la cárcel. Estoy diciendo “a la cárcel” cuando dije en muchas ocasiones que las cárceles no debían existir. ¿En qué quedamos? Más que de cárcel soy partidario de Centros de Salud para encerrar a los dementes hasta que recobren la salud perdida.
En las casas, en los colegios, en los pueblos, provincias y naciones, una Constitución con leyes claras, estrictas y tajantes como norma de convivencia. Y quien la infrinja, por bien de los demás, separarlo del grupo y curarlo con delicadeza. Esta forma de Gobierno necesita muchos vigilantes del orden público y buenos sanadores para restablecer el marco constitucional.
Francisco Tomás Ortuño
HASTA LA MUERTE –Continuación-
Y un día Justo, tontamente, sin esperarlo, tuvo un desvanecimiento del que no volvió. Cuando llamaron al médico, este certificó que su estado era irreversible, que estaba más muerto que su abuela Juana, a la que conoció de niño, hacía más de cuarenta años.
Flavia, sin decir a nadie nada, se consolaba pensando que era un año solo lo que faltaba para saber de su marido. Hasta sintió cierto regusto de que hubiera sido él quien la dejara. La espera la consolaba. “Sabré cómo se vive allá sin haber cruzado la frontera, porque Justo vendrá a decírmelo”. Y contaba los días.
Fue un veinte de diciembre y cuando el calendario volvió la última esquina, ya no vivía pensando en que eran solo unas fechas para el magno acontecimiento. ¿Miedo? No sentía miedo. Era más bien deseo contenido, que la hacía creer que el tiempo estaba parado; era hambre de que llegara la fecha, el primer aniversario de su muerte, que no dormía; era una comezón que la hacía suspirar siempre.
La víspera preparó las mejores galas para recibir al amado. “Que me vea hermosa”, se dijo, y anheló más que nunca el retorno de su marido. Cuando llegó el día veinte, con las primeras luces de la mañana, alhajada y vestida de novia como si fuera al altar de nuevo, se sentó en la mecedora de su dormitorio donde tantas horas felices recordara haber pasado con su amado, dejó las manos flácidas en su halda, como esperando una cita importante, y los ojos los mantuvo abiertos y el oído alerta.
CONTINUARÁ
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