5 noviembre 2017 : San Zacarías.
Zacarías e Isabel fueron los padres de Juan Bautista. Zacarías pertenecía a la casta sacerdotal. Recibió un anuncio por parte de un ángel y pidió una señal, por lo que fue castigado con la mudez. Isabel, ya anciana, quedó encinta y se llenó del Espíritu Santo cuando recibió la visita de María.
Otoño´17 : Caniches
Murcia, las doce y media, en mi escritorio. Vengo de la calle. He visto una perrita por el Malecón como la que tuvimos en casa. La llevaba su dueño cogida de una cadena. Era igual, completamente igual. Me ha mirado como la otra. Mi perra era también de tamaño mediano. Otras de su misma raza, Caniche, son más pequeñas y otras más grandes.
Era de color blanco, inconfundible. Los caniches son perros nerviosos, inteligentes. Solo les falta hablar, como suele decirse, para ser como nosotros. Esta perrita nuestra, espero que las demás también, tenía dos caras: o era cariñosa y dulce o terriblemente arisca y hasta peligrosa.
Si tenía lo que deseaba, era amable; si le negabas lo que quería, era agresiva. Su oído era, y será, prodigioso. Antes que los demás, ella sabía que alguien venía. Oía el ascensor cuando nadie se había apercibido. Escuchaba puerta, ¿qué digo la puerta?, las pisadas de quien se acercara, antes que nadie.
Sus ladridos eran escandalosos, hasta insufribles muchas veces. No se conformaba con avisar: quería ser ella la que recibiera la visita; y no paraba de saltar y de pedir atención hasta que la cogieran en brazos. Se llamaba Luna. A veces teníamos problemas con su casi homónima dueña. “¡Luna!”. “¿Qué quieres, mamá?”. “He dicho Luna”.
Una mañana se comió un buen trozo de jamón. Era parte de mi almuerzo, pero en un descuido me lo quitó. ¿Cómo reñirle? Los perros son perros y están a los descuidos de sus amos. Si te pide le das o no le das, pero si te descuidas, te lo quita. Además, con una agilidad que solo los animales como ella saben hacerlo. Luego te mira con sus ojos grandes como diciendo: “Te lo quité porque pude”, y hasta parece que se ríe.
El foie gras le encantaba. Cuando se abría una lata ya esperaba que le dieras parte de ella. Y cuando ya quedaba poco, te suplicaba con la vista que se la dieras para repelarla. Se la llevaba donde no la molestaran para, a placer, meter su lengua y dejarla más limpia que una patena.
Luego dormía en el sillón, cerca siempre de donde yo escribía. Yo pensaba: “No sabe que escribo de ella”. ¿O sí lo sabía? Abría sus ojos y me miraba como diciendo: “Di lo que quieras que me tiene sin cuidado”. Y volvía a cerrarlos.
Francisco Tomás Ortuño
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