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¿Pecados?

11 febrero 2018 : Ntra. Sra. de Lourdes
Cuatro años después de la proclamación de su Inmaculada Concepción, la Virgen se apareció en repetidas ocasiones a la joven Bernardita  Souvirous cerca de Lourdes. Ý desde entonces aquel lugar es frecuentado por muchos cristianos.

Pensamiento: El juego en el niño es el termómetro de su salud. F.T.O.
Invierno´18 : _¿Pecados?
     Murcia, domingo, la una y cuarto, donde ayer. Entra mucho sol por la ventanas, mucha luz, que puedo regular con la persiana o la cortina. Hay nubes, pero no voy a esperar que una quiera favorecerme. “¿Ahora?”, “¿Me quito?”. Las nubes se desentienden de mí.
     -Como la envidia, Calixto. ^Tú crees que la envidia o la avaricia se adaptan a tus caprichos? Te cubren si quieren o se van si les da la gana. La envidia es un sentimiento de tristeza ante la prosperidad o el bien ajeno; la soberbia es cólera que se expresa de manera descompuesta. Y lo mismo la avaricia, la lujuria o la pereza. Para unos son pecados; para otros, delitos.
¿Cómo nace en nosotros la envidia o la soberbia? ¿Podemos evitar sus consecuencias? ¿Somos responsables de nuestros actos derivados de la envidia, de la soberbia, de la lujuria? Leemos en el periódico que un hombre ha disparado a su compañera sentimental. ¿Hubo delito? ¿No hubo delito?
Yo pienso que no hubo delito ni menos pecado. Para que haya delito tiene que haber acto humano deliberado, o sea con conocimiento, libertad y voluntad. Y para que haya pecado o transgresión de la Ley de Dios debe existir mal moral con voluntad de cometerlo.
     Si analizamos lo ocurrido vemos sin gran esfuerzo que el hombre que disparó no pudo controlarse y cogió la escopeta que guardaba y disparó. Pero, ¿cómo aparece en uno ese impulso que ciega, superior a la voluntad que te domina y te cambia y te hace ser otro?
     ¿Qué es la envidia, la soberbia, la ira, la avaricia? ¿Cómo nacen? ¿Se pueden evitar? ¿Son reprimibles una vez que dan la cara? Esa es la cuestión. ¿Puede uno evitar sus actos o dominarse? Con ese ingrediente nuevo de la sangre se cambia de tal forma que uno es otro donde no caben explicaciones ni razonamientos.
     Por tanto, a la hora de juzgar el homicidio o los actos que se deriven de su nuevo estado, debe tenerse en cuenta que él, el homicida, no pudo evitar su crimen ni saber lo que hacía en su estado de enajenación mental absoluta.
     Pero la Justicia está para castigar el mal que se comete. Cuestiones difíciles de resolver, Camilo. ¿Pecado? ¿Delito? ¿Quién puede conocer el motivo que originó una acción delictiva o pecaminosa? Ni el sacerdote puede saber si es justo lo que dice, ni el juez puede medir con justicia su veredicto. Solo el reo cuando se juzgue a sí mismo, quizás, pueda conocer a qué se debió su falta.

                                             Francisco Tomás Ortuño

Adivinanza
Su padre relincha –con pésima voz; -su madre rebuzna –y suelta una coz.
La solución, mañana. Ayer: Caracol.

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