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La tienda de huesos. FIN.

15 febrero 2018 : Jueves, San Claudio, 46 - 319 .
Pensamiento : Exigir al niño lo que no puede dar, conduce a  complejos de culpa. F.T.O.


Invierno´18 : Cuento de los huesos, FIN
     Murcia, las cinco y diez, en mi soleado camarín de la reina. “Soleado” porque las nubes se fueron de viaje; y “de la reina” porque es la habitación de mi hija, que es decir la reina de la casa.
     -Vale ya de preámbulo y sigue con el Cuento de los huesos, que me va gustando por lo original. A ver cómo termina.

     CONTINUACIÓN
     Estos peruanitos convertidos en peruanazos, fueron de vacaciones a su país y nadie allí se explicaba que España además de trabajo hiciera con las personas tal milagro.
     Venir a España fue desde entonces no solo un sueño sino una empresa de vida o muerte. No quedaron allí, al otro lado del mar, ni de muestra los niños y los ancianos. Todos, cuando y como pudieron, hicieron su largo viaje a la madre patria, como llamaban a España.
     Y todos y todas, antes o después, quisieron ser “normales” y se pusieron no tacones en los zapatos sino tibias de un metro que los igualaba con los demás.
Pero pronto hubo competencia. La cosa no acabó así. En un gran comercio vendían los huesos más largos conocidos hasta entonces. Y tuvieron tal aceptación que se fabricaron de longitudes descomunales.
Nadie quería ser menos que su vecino. Como ocurría con otros bienes –coches, casas, yates o chalés-, nadie quería quedarse atrás, y la altura corporal se puso de moda y competir en altura una contienda feroz.
Persona de dos metros era poco para presumir de alto. Había que medir dos metros veinte o dos metros treinta para no pecar de insignificante. Los dos metros y medio vino pronto a ser el prototipo durante algún tiempo.
Don Gregorio Alarique, Profesor de Paleontología en la Universidad Complutense de Madrid, hizo unos estudios con huesos de dinosaurios, que alarmó a la población.
Según él, estos animales –diplodocus, brontosaurios, etc.- fueron primero diminutos, enanos, Lo supo cuando descubrió esqueletos de tamaño reducido en unas Cuevas del Pirineo Oriental,  cerca de Francia. Se correspondían en todo menos en el tamaño con los gigantescos, que terminaron por desaparecer.
De donde infirió que en la antigüedad, como ahora con los humanos, hubo una escalada insensata de tallas que terminaron haciendo desaparecer la especie del planeta.
Desde que don Gregorio Alarique, en múltiples foros y conferencias, dio a conocer su descubrimiento, corroborado por otros en distintos puntos de la geografía nacional, se temió por la extinción del género humano y se tomaron medidas a todos los niveles para acabar con los excesos de altura en las personas.
Hubo suerte: a la vuelta de unos años, las aguas volvieron a su cauce y se prohibió la fabricación de huesos como la venta de los mismos.  
Adivinanza:
Arca monarca –de gran poder, -que ningún carpintero –la pudo hacer.
La solución, mañana. Ayer: Cerezas.

                   Francisco Tomás Ortuño

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