27 enero 2018 : Sta. Ángela de Mérici
Invierno´18 : Congelación
Santana, sábado, las doce, en mi habitación.
-¿No te habrás equivocado? ¿Cómo en Santana?
-Has oído bien. Ayer vinimos a pasar unos días aquí, que las casas, copmo las personas, deben visitarse de vez en cuando.
-¿Y qué cuentas nuevo?
-Que hace frío, que las mujeres limpian por arriba y que yo escribo en mi habitación, junto a la ventana. Ah, y que ayer fuimos a la Misa de Águeda en el Salvador. La iglesia estaba llena de gente: Agustín, su marido; Juana Mari, su hija; José María, su yerno; José Mari, su nieto; Juana, su consuegra y cientos de amigos que fueron a despedirla.
Saludé a Fulgencio, mi sobrino, que estaba entre la gente. “¡Hola, tío!”, me dijo, “leo todos los días tus Correos”. Y me dijo que vive en Alhama ya veinte años.
-Sigue ya con el Cuento que contabas ayer de la “congelación”. Estoy intrigado por saber en qué queda.
Continúo:
Cuando despertó Godofredo, como si despertara de un sueño de ocho horas, se desperezó y vio que había otras personas a su lado con batas blancas. “¿Dónde estoy?”, preguntó asombrado. Nadie le respondía; en cambio, todos lo miraban con devoción. “¿Cómo se siente usted, Godofredo?”, le preguntó por fin el que estaba más cerca. “Yo, bien, pero ¿quiénes son ustedes? ¿Dónde está don Raimundo?”.
En los rostros de los presentes se dibujó una sonrisa de triunfo. “Ha resultado, ha sido perfecto”, musitó el mismo de antes. “¿Qué ha resultado?, ¿qué ha sido perfecto?”, quiso saber Godofredo. Y entonces le explicaron que por una carta del siglo XVI dieron con su cuerpo; que estaban en el siglo XXI y que, por tanto, había permanecido en estado de coma o sueño nada menos que casi quinientos años.
Godofredo no acababa de creerse que hubiera dormido tanto tiempo, pero al fin tuvo que aceptarlo. Además, él recordó enseguida que de tal experimento se trataba, aunque jamás había pensado que fuera a durar tanto. Pidió de comer y quiso moverse como lo hacía antes.
La ciencia se apuntó un tanto con la “congelación” de Godofredo. Desde entonces fue el método a seguir en casos de enfermedades incurables. El descubridor fue don Raimundo, a quien la ciencia reconoció como su descubridor por antonomasia.
Igual que Lázaro, Godofredo era otro resucitado. Después de “morir” verse otra vez entre los vivos le producía estupor. Y más que a Lázaro, el hermano de Marta y de María, que solo estuvo unos días, porque él había permanecido “en el otro mundo” casi medio milenio.
Hubiera querido ver a sus amigos y familiares, pero le resultaba imposible. No conocía a nadie. Ni encontraba las cosas que él recordaba donde las había dejado. El panadero de la esquina, no solo no existía, sino que el establecimiento había desaparecido. Y lo mismo el herrero con quien hablaba largos ratos, o el aperador. Todo había cambiado y las personas se comportaban de otro modo.
Godofredo mantenía la memoria de las cosas que conoció cuatro siglos antes, tan fresca que a cada paso se refería a ella y pensaba que la dejó ayer mismo. Le costaba hacerse a la nueva situacióm, a su nueva vida. Estaba desorientado, como si de pronto se hubiera trasladado a otro planeta.
Continuará
Adivinanza
-Tengo cabeza redonda, -sin nariz, ojos, ni frente, -y mi cuerpo se compone –tan solo de blancos dientes.
La solución mañana. Ayer: Cabra
Francisco Tomás Ortuño
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