4 febrero 2018 : San Juan de Brito
Invierno´18
Murcia, las cinco y media, en el comedor.
Continuación:
El señor Obispo, con estupor, leyó una Nota procedente del FRI en la que le pedían “que se pronunciara públicamente a favor de la independencia de su país, si es que estimaba en algo su vida”, y que no revelara a nadie la amenaza.
El pobre Obispo, humano al fin, tuvo miedo, sabiendo que estaba en el ojo del huracán, en el punto de mira de la banda terrorista como otros pacíficos ciudadanos, y redactó un manifiesto para que se leyera en todas las iglesias de la diócesis.
Decía así: “Vuestro Obispo, a la vista de los hechos más recientes, MANIFIESTA que se siente Nacionalista y no apoya al Gobierno Central en sus anhelos totalitarios. Justifica, por tanto, que se apoye, hasta por la fuerza de las armas, a que el Estado de Kénsington sea libre e independiente”.
La Nota del señor Obispo dio que hablar. La Iglesia, por la voz de su máximo representante, se había pronunciado: Apoyaba a las fuerzas revolucionarias. El caos subió de punto. El Presidente de la Nación recriminó al Obispo, lo amenazó de dar cumplida cuenta al Papa e instó a retractarse bajo severas medidas.
El Obispo, pronto, recibido en “Audiencia privada”, confesó llorando su pecado. Había obrado por miedo, y quería alzar su voz rectificando, aunque con ello firmara su maririo. Y esperó con los ojos puestos en el Cielo, a que el Señor le mandara lo que fuera oportuno.
Viajó sin miedo y predicó en las iglesias; acusó a los terroristas por sus muertes injustas; gritó hasta enronquecer en todos los púlpitos, que no había derecho a usar las armas como medida de persuasión, como que era barbarie el disparo para vencer por el miedo.
Que él, Obispo de Kénsington, había sido obligado a decir lo contrario de cuanto sentía su corazón con la amenaza de su vida. Se convirtió en el mayor adalid que tuvo el Gobierno en su lucha contra los terroristas. Su voz, como el trueno, retumbaba en los templos conmoviendo los cimientos.
Pero un mal día, aciago, su cuerpo apareció sin vida en un charco de sangre. Y fue quizás milagroso que por su muerte desapareciera el FRI en el país. En las nuevas elecciones, el nuevo Gobierno se olvidó, como un mal sueño, de la etapa anterior, que tantas muertes había dejado en el camino.
Adivinanza
Dígame, ¿quién dice, –ya le pregunten o no, -con la cabeza que sí –y con la cola que no?
La solución, mañana. Ayer, Tortuga.
Francisco Tomás Ortuño
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