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Del relojero.

Murcia, 5 abril 2017, San Vicente Ferrer

Sigo contando…  Del relojero


Murcia, las once y media en mi estudio del comedor; sí, el que da a la calle Federico Balart. Como te dije, ayer trajimos el reloj que antes llevamos a arreglar. Lo colocamos en su sitio pero seguía lo mismo. Quiero decir sin dar la hora. Movimos el péndulo y nada. Subimos las pesas y ni por esas.
Hoy he vuelto a la relojería. Como “trabajo cobrado ya fue acabado”, el relojero pensaba que le llevaba otro reloj.
-¡Hola!, ¿qué hay? –me ha reconocido. En el tono más amistoso que he podido por no despertar sospechas, como amigo de siempre, le he dicho:
-Lo voy a molestar, pero tiene que venir a casa a colgar el reloj: nosotros no sabemos.
No ha dejado la faena que llevaba entre manos, pero me ha prometido venir.
-Es cuestión de saber colgarlo -ha dicho.
-Claro, claro –he respondido yo.
Y nos hemos despedido. ¿Vendrá? ¿No vendrá? Esperemos que venga, que lo prometido es deuda.
-Las promesas antes eran como una ley. “Su palabra es Ley”, se decía. “Si lo ha prometido tiene que cumplirlo”. Luego la palabra fue perdiendo valor, y si dije no dije. Hubo que tirar de papel y firma para consolidar lo prometido.
-Y no digamos cuando la mujer empezó a decidir. Ya no era si dije o no dije sino si estaba la mujer de acuerdo o no lo estaba. Creo que te lo conté: Uno vendió ganado por su cuenta y cuando el comprador fue a llevarse las reses, salió la señora a preguntar: “¿Qué quería usted?”. “¿Está su marido?”, siguió el primero. Y la mujer, sospechándose algo, repitió: “¿Qué quería usted?”. “Venía por unos cabritos que le compré a su marido”. “¿Ha dicho unos cabritos? Ya puede irse que no vendemos cabritos”. Y es que vender sin firma y sin consentimiento de cónyuge no había trato.
-¿Y tú ves mal que tengan que estar de acuerdo marido y mujer para hacer negocios?
-No, Ciriaco, todo lo contrario. En el matrimonio ya no hay dos sino otro que aparece nuevo, no sé si me entiendes. Por separado han desaparecido. Ahora, como cuando fundes cobre y estaño ya no hay ni cobre ni estaño sino bronce.
-Si lo entienden así no me parece mal; pero que sea lo que uno mande, ya sea él o ella, tampoco me parece justo.

Francisco Tomás Ortuño

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