8 abril 2017, sábado
Sigo contando… De un alumno
Murcia, la una, buen tiempo, propio de la primavera, como de una personica que entra en razón y deja atrás la infancia atolondrada de los juegos.
Tiene su parecido. El invierno es loco, de lluvias y vientos, como el niño cuando nace. La primavera es un mozalbete que empieza a razonar, cuando ve que la vida no es juego sino algo serio que exige trabajo y cordura.
Luego viene el verano, la madurez de la persona, la serenidad, cuando se recoge el fruto del trabajo realizado antes. Un año es una vida. Primavera, verano, otoño e invierno. Infancia, adolescencia, madurez, ancianidad. Unas cuantas etapas para llegar al fin.
Etapas que se ven representadas hasta en el cuerpo humano: hasta la rodilla, la infancia; hasta el ombligo, la madurez; hasta el cuello, la vejez; y más arriba la sala de espera. Todo uno y lo mismo.
Comparando una vida de ochenta años con un día de dieciséis horas, lo vemos claro: cada hora equivale a cinco años de vida. Si empiezas el día a las ocho de la mañana, a las diez eres un crío de diez años; a las doce, con veinte de vida, eres fuerte; luego llega el trabajo y el declive
.
Hoy me ha llamado mi alumno y amigo José Lahoz desde Zaragoza. Lo llamo alumno porque fue a mi primera escuela, hace sesenta y dos años. Cuando yo tenía veintidós y él doce, en un pueblecito de Teruel.
Lo he reconocido por la voz. “¿Qué dices, José?”. Los maños son fáciles de reconocer por el tonillo de su voz. Pero José para mí es inconfundible. Pocos maestros podrán presumir de seguir hablando con sus alumnos a los sesenta años de tenerlos en la escuela.
Quería darme una buena noticia. Y es que los abuelos con los nietos vuelven a ser padres. Su nieta Mireya había obtenido la “Medalla de Oro” en una competición. ¡Qué orgullo para José Lahoz tener una nieta así!
No podía guardar su alegría y ha querido darlo a conocer. “¿A quién llamo?”. “A don Francisco”. Yo he sido siempre don Francisco para él, como en la escuela del pueblo. Quería que lo supieran todos y ha optado por empezar por los amigos y conocidos de siempre.
Francisco Tomás Ortuño
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