Sigo contando… Del convento de Santa Ana
Santana, la una y cuarto. Venimos del convento. Subimos tantos que sobran coches o faltan sitios donde ponerlos. Va siendo un problema llegar hasta la puerta. Yo digo a mi mujer: “A ver si somos los primeros en llegar”, pero a la hora que vayas no encuentras sitio. Se ve que todos piensan lo mismo. Como no duermas allí…
El fraile ha dicho que el domingo que viene bajan el Cristo al pueblo por la Semana Santa. Nosotros enseguida hemos cogido el guante: “Iremos a Santiago”. Como los demás hayan pensado lo mismo, el domingo que viene no sube nadie a Santana.
Para bajar a hombros el Cristo de Salzillo, entre multitudes, con redoble de tambores, hay un grupo de jóvenes asegurado. Antes era José Antonio Vidal; ahora será otro quien dirija la operación, pero es lo mismo.
-“Adiós, Cristo”, dicen los frailes en el atrio, viéndolo partir. “Hasta mayo que vuelvas de nuevo”. Luego se encierran como huérfanos de padre por una temporada.
Y el Cristo se deja llevar entre multitudes pensando quizás que su misión no es permanecer en una Capilla, por muchas flores que le pongan cuatro frailes franciscanos.
-“Sois egoístas”, les dijo una vez.
-“Es que te queremos mucho”, le respondieron ellos.
-“Sois como las madres”, siguió Jesús: “de tanto que quieren a sus hijos no les hacen bien teniéndolos con ellas a los treinta o cuarenta años; obran como si el amor no trascendiera a los demás”.
En el atrio, tras la Misa, se saludan los fieles. A mí me ha parado un señor para saber cómo me encuentro de salud. “Mis padres, que en paz descansen, eran Gertrudis y Paco, vecinos vuestros”, ha dicho. Otra asidua santanera es Zoila Lifante con su familia. Cuando me ve me saluda y se acuerda de mi padre, que llevaba las cuentas de sus fábricas de capachos.
Zoila de niña era amiga de mi mujer. Me cuenta mi esposa que Zoila era la única amiga entonces que tenía bicicleta de paseo, y las dejaba por turno dar una vuelta con ella hasta la esquina.
Su hermana Lidia, me dejaba a mí los libros que ella había usado el año anterior. También nos vemos con frecuencia en el atrio del convento y nos reímos con recuerdos de hace más de setenta años.
Francisco Tomás Ortuño
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