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De maoríes y el colunga.

Murcia, las diez, 28 de abril de 2017
Viernes, San Agapito
118 días pasados del año y 247 por pasar

            Seguiré contando   :   De maoríes y el colunga
           
            No sé por qué recuerdo a los maoríes ahora. El cerebro es sorpresivo y misterioso. A que piense en los maoríes no le encuentro explicación. ¿Quizás el parecido con otra palabra que habré escuchado? Y dale con los maoríes; ya no veo la forma de quitármelos de encima si no es hablando de ellos. ¿Cuándo supe que era una raza a extinguir de Nueva Zelanda? Hará su tiempo, porque últimamente no me ocupo de pigmeos, bosquimanos, indios o tasmanios que me llevaron de cabeza en cierta ocasión.

            Pasó por mi cabeza hacer un estudio de pueblos primitivos y sus costumbres, como de religiones existentes. Cuando, indagando, supe que ese estudio ya existía, desistí de la idea. Con todo, llegué por mi cuenta, antes de mi desalentador hallazgo, a almacenar muchos nombres de razas y de religiones. ¡Qué lástima! Cuando creí que estaba haciendo algo que serviría a otros o que nadie supiera, topé con que era baldío mi esfuerzo.

            ¿Qué hacer yo entonces? O seguir o abandonar. Pensé que esto era lo más sensato, pues era un esfuerzo vano que no serviría para mucho. Con todo, no dejaba de ser triste mi situación. Quizás de aquella época me quedara por algún resquicio del cerebro el nombre de maoríes que ahora se me ofrecía sin avisar.

            Los maoríes son muy supersticiosos. Son rasgos que conservan de sus mayores en la sangre, que difícilmente pueden  suprimir aunque vivan en el siglo XXI y se hayan mezclado con otros pueblos más civilizados. No hablan de ciertas cosas  porque para ellos son “tapú” que quiere decir tabú para nosotros. Romper hojas a un árbol, por ejemplo, trae desgracias. Lo que dice el “Colunga” u hombre sabio, es sagrado y lo siguen a rajatabla. Aunque viven hoy como personas occidentales en su atuendo y trabajo, maoríes que trabajan en Wellington, la capital, creen a pies juntillas que si el Colunga declara tapú comer un marisco, es que se van a morir comiéndolo.

            En cuanto a la religión son tan tolerantes que se encuentran en la misma casa miembros de católicos, protestantes u otras creencias. Respetan a cada uno que dé culto a su dios y a su manera. Cuando a principios del siglo XX  llegaron misioneros a Nueva Zelanda, algunos maoríes estaban confundidos con las creencias que recibieron, unas de católicos, otras de protestantes. Ante la duda, el jefe de un pueblo lo resolvió así: trazó una raya de parte a parte, dividiendo el pueblo en dos mitades, y dijo: ”Los de este lado, católicos; los de este otro, protestantes”. Su decisión se tomó tan al pie de la letra que aún hoy la siguen como cuando se implantó.

            Son tan orgullosos de su raza que en cierta ocasión hubo que curar a un enfermo de ambas piernas. De una se encargó un médico en el hospital; de la otra  un curandero maorí. Se curó de las dos, pero siempre estuvo luego más orgulloso de la pierna que curó el maorí. Jugaba al fútbol y cuando iba a chutar a la portería los espectadores maoríes gritaban: “¡Con la del maorí, con la del maorí!”, porque pensaban que con esa pierna no fallaría.

            Bueno, ya he cumplido con la palabra maorí; veamos si ahora me deja en paz.

                      Francisco Tomás Ortuño

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