14 enero 2017
Murcia, las nueve, en el comedor, oyendo el viento que anunciaron los del tiempo ayer. El cielo tan azul como una Virgen de Murillo. Entran Lina y mamá cargadas de la Plaza. ¡Cómo les gusta ir juntas al Mercado! Ahora, en la cocina, se ríen colocando cada cosa en su sitio.
Hablando de risas, ¿te cuento un chiste? Esto era uno que fue al cine y pasó por la taquilla a comprar la entrada. Luego volvió de nuevo a comprar otra entrada. Cuando repitió la operación por cuarta vez, le dijo la taquillera: “¿Por qué compra varias entradas para la misma película?”. Y el hombre le contesta: “Es que en la puerta hay un Señor que me las rompe antes de entrar”.
-Muy gracioso. ¿Te cuento yo otro? Va uno al médico y le dice: “Doctor, me siento mal”. Y el médico le contesta: “Pues coja usted otra silla”.
-Dejémonos de chistes, Manolo, que va a parecer tu Diario un libro de chirigotas.
-De vez en cuando no viene mal una broma graciosa, Adelfo. Hasta en la vida corriente, siempre un lenguaje adusto y circunspecto se hace pesado, tedioso y aburrido. Salpicar una conversación de florituras es un arte que no todos aplican pero que no viene mal. Te conté que un médico se tomaba tan en serio su profesión de curar a los enfermos que no se reía nunca. Ni en su casa con su mujer y sus hijos. No admitía que le tuteara nadie. Ni la mujer. Y como otra enfermedad, se quedó solo: ni los amigos lo soportaban. Un día le dijo su Señora: “Ya no te aguanto más; o te ríes o me voy de casa”. Y él se dio cuenta del error que era no desdoblar su personalidad: una para su profesión y otra para su casa y los amigos.
-Pues termino con otro chascarrillo: Cogen a uno robando y le dice la policía: “¿Cuánto tiempo lleva sin robar?”. “Esta vez cinco años, se lo juro”, contestó el caco. “¿Y cómo tanto tiempo?”, le dice el guardia. “¿Cómo iba a robar en la cárcel?”, le responde el ladrón.
Francisco Tomás Ortuño
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